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los nadies > > EDUARDO GALEANO Hasta hace veinte o treinta años, la pobreza era fruto de >la injusticia. Lo denunciaba la izquierda, lo admitía el centro, rara vez >lo negaba la derecha. Mucho han cambiado los tiempos, en tan poco tiempo: >ahora la pobreza es el justo castigo que la ineficiencia merece, o >simplemente es un modo de expresión del orden natural de las cosas. La >pobreza puede merecer lástima, pero ya no provoca indignación: hay pobres >por ley de juego o fatalidad del destino. Los medios dominantes de >comunicación, que muestran la actualidad del mundo como un espectáculo >fugaz, ajeno a la realidad y vacío de memoria, bendicen y ayudan a >perpetuar la organización de la desigualdad creciente. Nunca el mundo ha >sido tan injusto en el reparto de los panes y los peces, pero el sistema >que en el mundo rige, y que ahora se llama, pudorosamente, economía de >mercado, se sumerge cada día en un baño de impunidad. La injusticia está >fuera de la cuestión > > El código moral de este fin de siglo no condena la injusticia, sino el >fracaso. Hace unos meses, Robert McNamara, que fue uno de los responsables >de la guerra de Vietnam, escribió un largo arrepentimiento público. Su >libro, In retrospect (Times Books, 1995) reconoce que esa guerra fue un >error. Pero esa guerra, que mató a tres millones de vietnamitas y a 58.000 >norteamericanos, fue un error porque no se podía ganar, y no porque fuera >injusta. El pecado está en la derrota no en la injusticia. Según McNamara, >ya en 1965 el gobierno de Estados Unidos disponía de abrumadoras >evidencias que demostraban la imposibilidad de la victoria de sus fuerzas >invasoras, pero siguió actuando como si la victoria fuera posible. El hecho >de que Estados Unidos estuviera practicando el terrorismo internacional >para imponer a Vietnam una dictadura militar que los vietnamitas no >querían, está fuera de la cuestión. En un sistema de recompensas y >castigos, que concibe la vida como una despiadada carrera entre pocos >ganadores y muchos perdedores, los winners y los loosers, el fracaso es el >único pecado mortal. El orden biológico, quizás zoológico > > Con la violencia ocurre lo mismo que ocurre con la pobreza. Al sur del >planeta, donde habitan los perdedores, la violencia rara vez aparece como >un resultado de la injusticia. La violencia casi siempre se exhibe como el >fruto de la mala coducta de los seres de tercera clase que habitan el >llamado Tercer Mundo, condenados a la violencia porque ella está en su >natura-leza: la violencia corresponde, como la pobreza, al orden natural, >al orden biológico o quizás zoológico de un sub-mundo que así es porque así >ha sido y así seguirá siendo. Las tradiciones, que perpetúan la maldición >desde el oscuro fondo de los tiempos, actúan al servicio de esta >naturaleza cómplice de la desigualdad social, y proporcionan la explicación > mágica de todos los horrores. La reciente reunión mundial de las mujeres >en Pekín, desencadenó una oleada de denuncias, en los medios masivos de >comunicación, a propósito de una costumbre aberrante: en India, China, >Pakistán, Corea del Sur y otros países asiáticos, millones de niñas son >asesinadas al nacer. Los medios atribuyeron el sistemático infanticidio >solamente a "la barbarie milenaria". Pero el desbalance de la población >asiática, cada vez más hombres, cada vez menos mujeres, se ha agudizado en >estos últimos años. No tendrá este hecho algo que ver, quizás mucho que >ver, con la incorporación acelerada y brutal de esos países a la llamada >"modernización", a través del desarrollo de las industrias exportadoras de >bajísimos costos? Los valores del mercado, valores dominantes en el mundo >de hoy, son inocentes de esos crímenes? La coartada de la tradición, puede >absolver a un sistema que cotiza a precio vil la mano de obra femenina, y >convierte en desgracia el nacimiento de las niñas en los hogares pobres? >Campana de palo > > Mientras McNamara publicaba su libro sobre Vietnam, dos países >latinoamericanos, Guatemala y Chile, atrajeron, por asombrosa excepción, >la atención de la opinión pública estadounidense. Un coronel del ejército >de Guatemala fue acusado del asesinato de un ciudadano de Estados Unidos y >de la tortura y muerte del marido de una ciudadana de Estados Unidos. >Desde hacía unos cuantos años, se reveló, ese coronel cobraba sueldo de la >CIA. Pero los medios de comunicación, que difundieron bastante información >sobre el escandaloso asunto, prestaron poca importancia al hecho de que la >CIA viene financiando asesinos y poniendo y sacando gobiernos en Guatemala >desde 1954. En aquel año la CIA organizó, con el visto bueno del >presidente Eisenhower el golpe de Estado que volteó al gobierno >democrático de Jacobo Arbenz. El baño de sangre que Guatemala viene >sufriendo desde entonces, ha sido siempre considerado natural, y raras >veces ha llamado la atención de las fábricas de opinión pública. No menos >de cien mil vidas humanas han sido sacrificadas; pero ésas han sido vidas >guatemaltecas, y en su ma Al mismo tiempo que revelaban lo del coronel en >Guatemala, los medios informaron que dos altos oficiales de la dictadura >de Pinochet habían sido condenados a prisión en Chile. El asesinato de >Orlando Letelier constituía una excepción a la norma de la impunidad, y >este detalle no fue mencionado. Impunemente habían cometido muchos otros >crímenes los militares que en 1973 asaltaron el poder en Chile, con la >colaboración confesa del presidente Nixon. Letelier había sido asesinado, >con su secretaria norteamericana, en la ciudad de Washington. Qué hubiera >ocurrido si hubiera caído en Santiago de Chile, o en cualquier otra ciudad >latinoamericana? Qué ocurrió con el general chileno Carlos Prats, >impunemente asesinado, con su esposa también chilena, en Buenos Aires, en >1974? Cosas de negros > > Automóviles imbatibles, jabones prodigiosos, perfumes excitantes, >analgésicos mágicos: a través de la pantalla chica, el mercado hipnotiza >al público consumidor. A veces, entre aviso y aviso, la televisión cuela >imágenes de hambre y guerra. Esos horrores, esas fatalidades, vienen del >otro mundo, donde el infierno acontece, y no hacen más que destacar el >carácter paradisíaco de las ofertas de la sociedad de consumo. Con >frecuencia esas imágenes vienen del Africa. El hambre africana se exhibe >como una catástrofe natural y las guerras africanas no enfrentan etnias, >pueblos o regiones, sino tribus, y no son más que cosas de negros. Las >imágenes del hambre jamás aluden, ni siquiera de paso, al saqueo colonial. >Jamás se menciona la responsabilidad de las potencias occidentales, que >ayer desangraron al Africa a través de la trata de esclavos y el >monocultivo obligatorio, y hoy perpetúan la hemorragia pagando salarios >enanos y precios de ruina. Lo mismo ocurre con las imágenes de las guerras: > siempre el mismo silencio sobre la herencia colonial, siempre la misma >impunidad para los inventores de las fronteras falsas, que han desgarrado >al Africa en más de cincuenta pedazos, y para los traficantes de la >muerte, que desde el norte venden las armas para que el sur haga las >guerras. Durante la guerra de Ruanda, que brindó las más atroces imágenes >en 1994 y buen parte de 1995, ni por casualidad se escuchó, en la tele, la >menor referencia a la responsabilidad de Alemania, Bélgica y Francia. Pero >las tres potencias coloniales habían sucesivamente contribuido a hacer >añicos la tradición de tolerancia entre los tutsis y los hutus, dos >pueblos que habían convivido pacíficamente, durante varios siglos, antes >de ser entrenados para el exterminio mutuo.